La madera se compra barata y se repara; las tarimas de plástico cuestan más de entrada y duran más viajes. Cuál conviene depende del producto, del destino y de si la tarima regresa.
La tarima es el envase invisible del almacén: nadie la cotiza con el cliente y nadie la luce en la visita, pero decide cuánto producto llega golpeado, qué tan rápido se carga un camión y cuánto se gasta cada mes en reponer lo que se rompió o no volvió. Y cuando toca reponer, la pregunta es siempre la misma: seguir con madera o pasarse a tarimas de plástico.
La elección se reduce a tres preguntas: qué producto va encima, a dónde va y si la tarima regresa. Las tarimas de plástico ganan en unas combinaciones y la madera en otras, y un almacén de terceros casi siempre termina con las dos conviviendo.
Qué cambia entre una tarima de madera y una de plástico
- Compra: la madera cuesta menos por pieza; el plástico cuesta más de entrada
- Vida útil: una tarima de plástico aguanta muchos más viajes si no se le sobrecarga
- Reparación: la madera se repara con un clavo y un tablón; el plástico casi siempre se reemplaza entero
- Higiene: el plástico se lava y no absorbe humedad ni olores; la madera sí, y con eso llegan hongos y manchas
- Peso: el plástico pesa parejo siempre, lo que ayuda cuando el peso del embarque se factura
- Astillas y clavos: la madera vieja rompe empaques y lastima manos; es su falla más común
- Exportación: la madera necesita tratamiento y su marca; el plástico no pasa por ese requisito
Ninguna de las dos es mejor en abstracto. Lo que cambia es dónde aparece el costo: en la compra inicial o en la reposición, la limpieza y el producto dañado.
Cuándo conviene pagar tarimas de plástico
Hay operaciones donde la discusión se cierra rápido a favor del plástico. La primera es el producto que se come o se toma: donde hay inocuidad de por medio, una tarima que se lava y no retiene humedad evita discusiones con el auditor del cliente antes de que empiecen.
- Alimentos, bebidas, producto farmacéutico y cualquier cosa que un auditor vaya a revisar
- Cuarto frío y zonas húmedas, donde la madera absorbe agua, gana peso y se pudre
- Circuitos cerrados, donde la tarima sale y regresa: ahí el costo se reparte entre muchos viajes
- Embarques al extranjero en los que se quiere evitar el trámite y el sello del tratamiento de la madera
- Operaciones con equipo automatizado, que pide una tarima de medida y peso constantes
El circuito cerrado es la condición que más pesa. Las tarimas de plástico se pagan con los viajes, y una que no regresa nunca es la compra más cara que puede hacer un almacén.
Cuándo la madera sigue siendo la respuesta
La madera gana cuando la tarima se va y no se sabe si vuelve. Un embarque de un solo viaje a un cliente final, una entrega a una cadena que se queda con la tarima o una exportación que va a terminar en otro continente son casos donde pagar plástico es regalar plástico.
También gana en carga muy pesada y concentrada, en medidas especiales que se mandan hacer y cuando hace falta reparar en el momento con lo que hay en la nave. Y tiene una ventaja que no se anota: se consigue en cualquier parte y casi el mismo día.
Una tarima que no regresa no se elige por cuánto dura, sino por cuánto cuesta perderla.
El cálculo que decide es el costo por viaje
Comparar precios de compra no sirve para decidir. Lo que se compara es el costo por viaje: lo que cuesta la tarima dividido entre cuántos viajes va a dar, más lo que se gasta en repararla o lavarla, más el producto que se daña por culpa de la tarima, menos lo que se recupera al final de su vida.
Ese cálculo se puede hacer con lo que el almacén ya tiene registrado: cuántas tarimas se compraron el año pasado, cuántas se dieron de baja, cuántas salieron y no volvieron, y cuántas incidencias de producto dañado se atribuyeron a tarima rota. Sin esos cuatro números, la decisión se toma por el precio de la factura, que es justo el dato que menos dice.
Lo que el almacén tiene que poder decir de cada tarima
Cuando en la misma nave conviven los dos materiales, varios dueños y reglas de retorno distintas, la pregunta operativa deja de ser cuál es mejor y pasa a ser cuál se usa para qué salida. Un cliente de alimentos no puede recibir su producto sobre la tarima que acaba de volver de un reparto; una exportación no puede salir sobre madera sin tratamiento.
Esa regla se aplica sola si está en el sistema, y se olvida en cuanto depende de que alguien se acuerde a las seis de la tarde con el camión esperando en el andén.
Que el sistema sepa en qué unidad de manejo está cada existencia, qué ubicación la admite y de qué cliente es, y que el acomodo se dirija con eso en lugar de con el criterio de quien trae el montacargas, es parte de lo que se le pide a un software WMS para 3PL en México, y es lo que vuelve manejable una nave donde conviven tarimas de los dos materiales.
Si la decisión está abierta, no hace falta cambiar todo el parque de una vez: conviene elegir un circuito donde la tarima regresa siempre y probar ahí las tarimas de plástico durante una temporada completa. Al final de esa temporada los cuatro números de arriba dicen si conviene seguir.