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Onboarding de un cliente nuevo: qué definir antes de la primera tarima

· 5 min de lectura

El contrato se firma en una sala y la operación se define en otra parte. Lo que no se acuerda antes de recibir la primera tarima se improvisa después, y lo improvisado se queda.

El onboarding de un cliente nuevo es la parte del negocio 3PL que más determina si esa cuenta va a ser rentable, y la que menos proceso suele tener. Se firma el contrato, se acuerda una fecha y la mercancía llega; lo que no quedó definido antes se resuelve sobre la marcha, con quien esté disponible ese día.

El problema de improvisar es que lo improvisado se vuelve permanente. La forma en que se dio de alta el primer catálogo, la unidad en que se contó la primera tarima y la manera en que se armó la primera factura se convierten en el estándar de esa cuenta para siempre.

Lo que se define en el onboarding de un cliente

Seis definiciones antes de la primera recepción evitan el 80% de las fricciones del primer trimestre:

  • El catálogo: qué SKU existen, con qué clave se van a operar y qué código traen impreso
  • La unidad de manejo de cada producto: en qué se cuenta, en qué se guarda y en qué se surte
  • Las reglas de salida: si sale lo más antiguo, lo más próximo a caducar, o por lote específico
  • El tarifario: qué se cobra por guardar, qué por mover y qué maniobras son cargo aparte
  • Los canales donde el cliente vende y cómo van a llegar sus pedidos
  • Quién de su lado va a tener acceso, qué puede ver y qué puede pedir por su cuenta

Las últimas dos son las que más se posponen y las que más ruido generan después, porque son las únicas que el cliente experimenta todos los días.

Todo lo que no se define antes de la primera tarima se define solo, y casi nunca a tu favor.

El catálogo es la mitad del trabajo

Casi ningún cliente entrega un catálogo limpio, y no por descuido: sus claves nacieron para su contabilidad o para su tienda en línea, no para un almacén. Es normal encontrar el mismo producto con dos claves, descripciones que no distinguen tallas, o códigos que corresponden a la caja y no a la pieza.

Limpiarlo antes de recibir cuesta días de trabajo tedioso; no limpiarlo cuesta meses de diferencias que se atribuyen al almacén. Y conviene decidir ahí mismo quién etiqueta lo que llega sin código legible, en qué momento se hace y si esa maniobra es un cargo.

Las expectativas de visibilidad se fijan el primer día

Si durante el arranque el cliente pide su inventario por WhatsApp y alguien se lo manda en una hoja de cálculo, eso es lo que va a pedir el resto del año. Y va a pedirlo más seguido conforme crezca, porque su necesidad de saber qué tiene no disminuye: aumenta.

El momento de romper ese hábito es antes de que exista. Un cliente al que se le entrega su acceso en el día uno —con sus existencias, sus pedidos y sus documentos— aprende a resolverse solo; uno al que se le da tres meses después ya construyó la costumbre de preguntarle a una persona, y esa costumbre no se desarma con un correo.

Arrancar con volumen bajo

El arranque con menos riesgo no es el que empieza con todo el inventario del cliente, sino el que mueve un ciclo completo con poco: recibir, acomodar, surtir, enviar y facturar. Un ciclo entero con diez pedidos enseña más que un mes de reuniones, porque los errores aparecen en el orden en que van a aparecer siempre.

Ese ciclo también sirve para calibrar la tarifa antes de que sea tarde. Es la única oportunidad de ver cuántas líneas trae un pedido promedio de esa cuenta, cuánto reproceso genera y cuánto espacio ocupa de verdad —tres datos que en la cotización eran una estimación del cliente.

Quién responde de cada lado

Un arranque necesita dos nombres: alguien de tu operación que conozca la cuenta y alguien del lado del cliente que pueda decidir. Sin el segundo, cada duda —un producto sin código, una diferencia de conteo, un pedido que no cuadra— se queda esperando a que la persona correcta se entere.

También conviene acordar por dónde van a viajar esas preguntas. Si el canal de arranque es el teléfono personal de un operador, esa cuenta va a operarse por ahí durante años, y el día que esa persona cambie de puesto se va a llevar el historial completo de la relación consigo.

Los primeros treinta días

Vale la pena tratar el primer mes como una etapa con nombre y no como el inicio de la normalidad. Revisar juntos qué salió distinto de lo acordado, qué maniobras aparecieron que nadie previó y qué reportes pidió el cliente que no existían todavía.

Esa revisión es también el mejor momento para ajustar lo que se cotizó mal. A los treinta días la conversación es «esto resultó distinto de lo que estimamos»; a los ocho meses es «nos quedamos cortos» —y el cliente ya se acostumbró al precio anterior.

Que el cliente vea sus existencias, sus pedidos y sus documentos desde el día uno es exactamente el trabajo de un portal de clientes para 3PL en México.

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