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Almacenaje

Cómo hacer la clasificación ABC del inventario en un almacén de terceros

· 5 min de lectura

Unos pocos productos concentran la mayor parte de las salidas y el resto casi no se mueve. La clasificación ABC ordena esa realidad y sirve para decidir qué contar más seguido, qué acomodar más cerca y qué conviene revisar con el dueño.

En cualquier almacén, unos pocos productos concentran la mayor parte de las salidas mientras una parte grande del catálogo casi no se mueve. La clasificación ABC es la forma más vieja y más útil de ordenar ese desequilibrio: agrupar los artículos según cuánto se mueven para poder tratarlos distinto, en vez de darle a cada SKU la misma atención y el mismo espacio como si todos pesaran igual.

En un almacén de terceros tiene una vuelta de tuerca que no aparece en los manuales: los productos no son propios. La clasificación no se hace para decidir qué comprar —eso es del dueño de la mercancía— sino para decidir cómo operar y qué conversación tener con cada cliente.

Con qué criterio se arma la clasificación ABC

El criterio más común es el valor de lo que sale en un periodo, pero en un operador logístico casi siempre conviene otro, y a veces conviene tener los dos:

  • Por número de salidas: cuántas veces se toca el producto, que es lo que determina el trabajo del almacén
  • Por piezas o volumen movido: útil cuando hay artículos que salen pocas veces pero en cantidades grandes
  • Por espacio ocupado: separa a los que consumen posiciones sin justificarlas con movimiento
  • Por valor: importa para el conteo y para el seguro, aunque no describa el esfuerzo operativo

Para un 3PL, el número de veces que hay que ir por un producto describe mejor la carga de trabajo que su precio. Un artículo barato que sale todos los días cuesta más operarlo que uno caro que sale una vez al mes, aunque en la clasificación por valor aparezca abajo.

Clasificar no es etiquetar productos. Es decidir a cuáles se les va a dedicar el mejor espacio, la mayor frecuencia de conteo y la conversación más incómoda con el cliente.

Para qué sirve, una vez hecha

La clasificación no vale por sí misma: vale por las tres decisiones que alimenta. La primera es el acomodo: los productos del grupo de más movimiento van en las posiciones más accesibles, a la altura de la mano y cerca de la zona de empaque, y los del grupo de abajo se van a las ubicaciones que nadie quiere.

La segunda es el conteo. Contar todo con la misma frecuencia es repartir mal el esfuerzo: lo que se toca todos los días acumula más oportunidades de error y conviene contarlo seguido; lo que casi no se mueve se puede revisar con mucha menos frecuencia sin perder control.

La tercera es comercial y es la que menos se aprovecha. El grupo de abajo —lo que ocupa espacio y no sale— es materia de una conversación con el dueño de la mercancía: si vale la pena seguir guardándolo, si conviene consolidarlo en menos posiciones o si toca liquidarlo. Esa charla es más fácil con la lista en la mano que con una impresión general.

Los errores que la vuelven inútil

El primero es hacerla una vez y colgarla en la pared. La rotación cambia con la temporada, con las campañas del cliente y con los productos nuevos, así que una clasificación de hace un año describe un almacén que ya no existe. Conviene recalcularla con una periodicidad fija y sobre una ventana de tiempo que tenga sentido para el negocio de esa cuenta.

El segundo es hacerla revuelta entre clientes. En un almacén multipropietario, mezclar el catálogo de todos produce un resultado que no le sirve a nadie: cada cuenta tiene su propia forma de moverse y su propio grupo de arriba. La clasificación se hace por cliente y, si acaso, se suma después para decidir el uso de las zonas comunes.

El tercero es olvidar los estacionales. Un producto que solo sale dos meses al año va a caer en el grupo de abajo once meses y ser el más importante durante uno. Marcarlo aparte evita mandarlo al fondo del almacén justo antes de su temporada, que es el clásico error que se paga caminando.

Y el cuarto es tratar los tres grupos como una obligación. En catálogos chicos dos bastan —lo que se mueve y lo que no— y en catálogos muy grandes a veces conviene abrir un grupo más para lo que nunca ha salido. Los grupos son una herramienta para decidir, no una norma que haya que cumplir.

Qué hace falta para poder calcularla

Nada exótico: el histórico de movimientos por producto, con fecha, cantidad y tipo de movimiento, y la posibilidad de filtrarlo por cliente y por periodo. Si esos datos viven en hojas de cálculo que alguien arma a mano, la clasificación se hace una vez —cuando hay tiempo— y por eso queda vieja. Si salen del sistema, se puede recalcular cada mes sin que nadie dedique un día.

Ayuda también que el sistema señale los movimientos que cambiaron de grupo desde el último cálculo: los productos que empezaron a moverse y siguen en el fondo, y los que dejaron de moverse y siguen ocupando la mejor posición. Verlos señalados es lo que convierte la clasificación en una tarea de reacomodo concreta y no en un reporte que se archiva.

Que el histórico de movimientos por producto y por cliente esté completo y se pueda cortar por periodo sin armarlo a mano es lo primero que se le pide a un software WMS para 3PL en México.

La clasificación ABC no cambia lo que hay en el almacén: cambia dónde está y cuánta atención recibe. Es de las pocas decisiones de almacenaje que no cuestan dinero, se toman con datos que ya existen y se notan en el primer día de surtido después del reacomodo.

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